jueves, 22 de marzo de 2012

La política en objetos


De Jesús Silva - Herzog Márquez


 Hace unos años el Museo Británico seleccionó piezas de su colección para contar la historia del mundo o, más bien, una historia del mundo. El proyecto buscaba describir culturas y civilizaciones a través de cien objetos. Piezas de arte, armas, utensilios, telas, monedas, estatuas, juguetes, muebles. Un relato de recorría dos millones de años en las cosas que ha inventado el hombre para pelearse, para adorar a sus dioses, para ubicarse en el espacio, para comunicarse, para intentar derrotar a la muerte. La colección del Museo Británico mostraba que los objetos condensaban siglos, materializan ideas, le dan forma al temor o la esperanza.

El MODO, el museo del objeto (del objeto), ha tratado precisamente de mostrarnos las historias que encierran las cosas. Ahora presenta una exhibición interesante sobre la propaganda política del siglo XX en México. Aretes para promover la candidatura de Madero, botellas de refresco con la imagen de Ernesto Zedillo, abanicos con el logotipo del PRI, botones de todos los colores, cerillos donde se afirma “Usted decide: comunismo o cristianismo”, costales, paquetes de semillas, gorros, camisetas, plumas y lápices, boletos de camión cortesía del candidato, placas de coche con el nombre de Luis Echeverría.

La colección es un resumen veloz del siglo XX, un vistazo a la política mexicana a través del diseño. Resulta interesante ver la profusión de chácharas en los tiempos de la hegemonía priista. ¿Por qué tal necesidad del recuerdito? ¿Para qué tanto empeño en regalar cosas con el lema del candidato cuando el puesto no estaba realmente en disputa? Los objetos nos recuerdan que las elecciones en el México anterior a la competencia no eran los eventos que decidían quién gobernaría pero eran, sin embargo, momentos políticamente importantes. Rituales de la legitimación que servían al PRI para reiterar sus credenciales históricas y alimentar una idea de futuro. En muchos de los objetos que se muestran en la exposición se percibe una tarea pedagógica. En la campaña no se ofrece un proyecto para contrastarlo con otro en busca del voto. Más que una campaña electoral parecen a veces campañas educativas. La campaña socializa un mensaje político y reitera el cuento de la historia oficial. El candidato priista más que definirse ideológicamente, insiste en presentarse como heredero: la historia continúa de la mano del tapado. En un cartel de la campaña de 1976, significativamente, una campaña sin adversarios para el PRI, el candidato López Portillo muestra a los grandes estadistas de la historia universal. La propaganda política como escuela de civismo; el candidato como profesor de teoría del Estado.

Los objetos de la exposición son curiosos pero su diseño suele ser torpe, carente de creatividad de imaginación. Los logotipos apenas crean una identidad. Supongo que no hay espacio para filosofías complejas en la grafía de una corcholata, una camiseta o un sombrero. Pero en esos objetos útiles, en esas cosas que empleamos a diario y que los políticjos nos obsequian (aunque nosotros pagamos) podría haberse reflejado una idea, un estilo, una voluntad de comunicación, un gesto imaginativo. No se encuentra ahí en la imagen gráfica de los partidos y los candidatos, en los lemas acuñados, en el diseño de los objetos. De hecho, la mayor parte de las cosas adquieren naturaleza propagandística por un barniz. La exposición retrata bien que la imaginación, la creatividad han estado ausente de la política mexicana durante demasiado tiempo.

lunes, 19 de marzo de 2012

El castigo y la civilización


De Jesús Silva-Herzog Márquez

Los gobernantes no eligen sus crisis. No suelen tener la libertad para definir sus problemas, para optar de entre una baraja de dificultades, la que mejor se acomoda a sus aptitudes o sus proyectos. Su margen está en la estrategia para encarar la emergencia involuntaria que les estalla en las manos. Su juicio reside en la manera de encarar la urgencia. Detrás de cada apuro hay un engaño y una oportunidad. El engaño es creer que la crisis es lo visible y que el éxito es el aplauso; la oportunidad es advertir sus causas subterráneas y aprovechar la conmoción para resolver los problemas más añejos.

Es difícil hablar de la crisis de seguridad como una oportunidad histórica, pero lo es. No hay forma de exagerar el costo de esta ola de sangre: el dolor que ha provocado en todo el país, los costos humanos y económicos, el peligro político, las secuelas familiares de tanta muerte. Pero, en efecto, la crisis exhibe con extraordinario dramatismo, una ausencia secular, una carencia antigua y gravosa: un orden estatal capaz de garantizar paz y, al mismo tiempo, seguir sus reglas. Ese es el núcleo del argumento del ministro Zaldívar al tratar el caso de Florence Cassez: el deber del Estado de castigar a los delincuentes sólo puede justificarse cuando el poder público respeta cabalmente los derechos humanos. La gravedad de los delitos, la perversidad de los criminales no exime a los representantes del Estado de cuidar escrupulosamente las formas legales, esos rigores a los que Benjamin Constant no dudó en considerar sagrados pues de ellos dependía la convivencia. Divinidades tutelares, las llamaba, porque sin su protección, nos avasallaría la arbitrariedad.

El proyecto del ministro Zaldivar puede leerse como el argumento jurídico que, al demostrar las graves irregularidades en un proceso penal, pide la liberación inmediata de una acusada. La actuación de un juez que pondera de modo distinto las mismas reglas y los mismos argumentos. Las gravísimas irregularidades del caso han sido exhibidas en trabajos periodísticos como el de Guillermo Osorno o Héctor de Mauleón, pero no habían encontrado el tratamiento legal que merecen. Los enredos del caso impiden conocer la verdad. Lo que sí puede documentarse fuera de toda duda es el abuso: la actuación de un poder dedicado a cautivar a la opinión pública antes que a probar su acusación ante los jueces. Como bien demuestra el estudio del ministro de la Suprema Corte de Justicia, la policía federal escenificó una captura para las cámaras. Pero el teatro no fue un entretenimiento inocente: la “escenificación fuera de la realidad” pervirtió irreversiblemente el proceso. No solamente se vulneró el principio de presunción de inocencia sino que tuvo un “efecto corruptor” en el juicio, viciando toda la evidencia incriminatoria.

Que el caso haya sido un proceso tan mediático es parte de su perversión. Desde el inicio, la televisión y la prensa fueron protagonistas—no testigos--del proceso. Pero la relevancia del caso trasciende el revuelo periodístico y diplomático que ha generado. El caso es emblemático. En el proyecto que este miércoles discutirá la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia se lee un argumento que no puede trivializarse como pretenden los críticos del ministro Zaldivar. La crisis de seguridad puede llevarnos a creer en los atajos de la ilegalidad, en las ventajas de una arbitrariedad justiciera. El miedo puede hacernos pensar que los procedimientos y las formas son legalismos de los que se sirven los delincuentes para escapar de la justicia con la ayuda de un abogado. Como sostiene el proyecto a discusión, el proceso penal con todos sus rigores es el único medio civilizado para perseguir y reprimir a los delincuentes.

El proyecto se cuida de no cuestionar a los medios de comunicación que difundieron el montaje de la Policía Federal y aceptaron acríticamente la versión gubernamental. El proyecto no quiere aparecer como censor e insiste que fueron representantes del Estado quienes cometieron los excesos. Sin embargo, del proyecto se desprende que el abuso encuentra complicidad en la glotonería de los medios, dispuestos a condenar velozmente. El proyecto asigna tarea al gobierno y también a la prensa.

Podría pensarse que la crisis que vivimos no es buen momento para preocuparse en los derechos. Se dirá que no estamos para cuidar a los malos y que, frente a tanta inseguridad, no se puede ser tan escrupuloso. Creo en lo contrario. Precisamente hoy que padecemos la violencia, la crueldad, la barbarie de los criminales, debemos afirmar los derechos de todos y los deberes del Estado. Lo único peor a la violencia que padecemos sería que, a la violencia de los delincuentes, sumemos la venganza arbitraria del poder público. La crisis de seguridad nos reta: podemos continuar la herencia de ilegalidad o inaugurar la vía de la ley para perseguir el delito.

sábado, 10 de marzo de 2012

Candidaturas Independientes

Del Maestro Javier Hurtado;

Dice el ahora diputado independiente Manuel Clouthier Carrillo que le apuesta a los consejeros del IFE a que el organismo electoral deberá otorgarle registro como candidato independiente a Presidente de la República.  Argumenta que lo establecido en la ley,  (artículo 218 del COFIPE) donde se consigna el derecho exclusivo de los partidos políticos de solicitar el registro de candidatos a cargos de elección popular,  no puede estar por encima de la Constitución (artículo 35 fracción II). A su vez, los consejeros electorales que le han respondido aducen que como no están reglamentadas  en la ley las candidaturas independientes, no es posible otorgarle el registro que pretende.

Por lo visto, lo que ignoran ambos es que, ante la experiencia de Jorge G Castañeda en la elección presidencial del 2006,  el 13 de noviembre de 2007 se publicó la reforma al inciso e), fracción IV del Artículo 116 Constitucional en el que quedó establecido el derecho exclusivo de los partidos políticos “para solicitar el registro de candidatos a cargos de elección popular”. De tal manera que ya no sólo la ley, sino la Constitución otorga —debida o indebidamente— a los partidos políticos ese “derecho exclusivo”.

Ha dicho también Clouthier que las recientes reformas constitucionales en materia de derechos humanos y los tratados internacionales le otorgan ahora ese derecho (que en su momento no lo habría tenido Jorge G. Castañeda) para que el IFE deba otorgarle el registro como candidato independiente. Si bien es cierto que ahora los tratados internacionales de manera explícita forman parte del sistema jurídico mexicano, también lo es que la propia Constitución, en su Artículo 133,  establece la Supremacía Constitucional en la jerarquía de las leyes y señala que los tratados internacionales, para que formen parte de la Ley Suprema de toda la Unión, deben estar de acuerdo con la Constitución.

Así que, aunque Clouthier Carrillo invoque los Tratados y acuda a Cortes Internacionales, ahora —a diferencia de hace seis años— el Artículo 116 Constitucional no deja lugar a dudas. Más aun: la reforma de referencia trajo como consecuencia que en los estados de Sonora y Yucatán tuvieran que cancelarse las candidaturas independientes que la legislación electoral de cada uno de ellos permitían y regulaban.

Además esta restricción constitucional no es exclusiva de nuestro país. En 20 naciones más no se permiten las candidaturas independientes en elecciones legislativas ni presidenciales, como en Argentina, Brasil, Suecia y Uruguay, entre otros, mientras que 81 sí las permiten y las regulan.

La postura de Clouthier, más que la reivindicación de un derecho, parece más bien una demanda por tener derecho a financiamiento público, si fuera  registrado por el IFE.  

Si lo que quiere es poder ser votado sin ser registrado por un partido político, que convoque entonces a los ciudadanos a que inscriban su nombre en la boleta electoral en el espacio reservado a los candidatos no registrados, mismo que el COFIPE, en su Artículo 252, ordena que debe existir en la boleta electoral (hace seis años esto fue lo que hizo el Doctor Simi en una campaña pagada con su dinero).

Si sus votos como candidato no registrado fueran superiores a los de los candidatos partidistas, se le debería declarar Presidente Electo de México. Mientras tanto su candidatura le restará votos al PAN.


lunes, 27 de febrero de 2012

Elecciones sin monarca


Del blog de Jesús Silva-Herzog Márquez

No tenemos rey. México es una república, no una monarquía. El presidente de México no es el garante de la imparcialidad política: es un actor parcial, representa intereses limitados, sigue un proyecto confinado a un círculo. El presidente de México no es la encarnación de la nacionalidad, no es el símbolo de unidad—más que en aquellos eventos en donde formalmente asume la representación de Estado. Cuando firma un tratado internacional—no cuando lo negocia—representa al Estado mexicano. Cuando recibe las cartas credenciales de los embajadores extranjeros representa al Estado mexicano. Cuando preside ceremonias cívicas es también emblema de unidad: el jefe de Estado mexicano. Se trata de funciones ceremoniales que transforman al agente político en emblema de unidad. La inevitable parcialidad del gobernante se interrumpe brevemente para dar paso a la figura de unidad. El presidente actúa siempre como jefe de gobierno, salvo en aquellas funciones en las que explícitamente ejerce de símbolo.

Por eso me parece absurda la exigencia de que se comporte como jefe de estado en el proceso electoral. La expresión se dice y se repite por todos lados. Que el presidente deje de actuar como jefe de partido y se comporte como jefe de estado, dice el lugar común. ¿Cuántas veces habremos escuchado esa expresión? No logro embonar esa exigencia con el diálogo necesario en una democracia. El presidente no es el garante de la imparcialidad. No podría serlo en una democracia, precisamente porque lo caracteriza una inclinación. La neutralidad corresponde a otros: a quienes organizan las elecciones, a quienes cuentan los votos, a los que procesan la inconformidad. Por fortuna, ninguna función de ese tipo le corresponde al presidente de la república o su gobierno. Por supuesto, no tiene derecho de desviar los recursos públicos en beneficio de su partido ni puede emplear las pinzas del Estado para castigar a sus adversarios. Pero no tenemos por qué imaginarlo como una figura celestialmente imparcial y silenciosa ante el proceso electoral. En ninguna democracia presidencial madura se le pide al presidente tal disparate.

El presidente no puede ser el símbolo de unidad en el proceso electoral porque es factor de polarización. Se votará para castigarlo o para premiarlo.  Felipe Calderón no aparecerá en la boleta de julio pero será el factor crucial del voto. Los partidos que compiten, los candidatos que sí estarán en la boleta fijan postura frente a su gobierno, ofreciendo la continuidad o el cambio. Sus opositores lo atacarán, mientras la candidata de su partido tratará de defenderlo... y, simultáneamente, distanciarse de él. Unos criticarán sus decisiones, su estilo, los resultados de su gestión. Otra se verá forzada a defenderlo, insinuando algunas diferencias en los matices y los acentos. Como sea, Felipe Calderón estará en la contienda del 2012—tal vez como nunca llegó a estar en la elección del 2006. Entonces tuvo el talento de colocarse como la opción frente al “peligro”, pero pocos, si es que alguno, podría creer que la elección que ganó por un milímetro, fue respaldo a sus propuestas o confianza en su trayectoria. Ahora sí será factor de decisión.

Pedir que el presidente se comporte como jefe de estado en el proceso electoral es pedir que se comporte como monarca. Una diminuta contradicción se desliza en esta petición: ¿estarían los críticos dispuestos a dispensar a Felipe Calderón el trato de Jefe de Estado durante el proceso electoral?

¿Estarían dispuestos a cancelar cualquier crítica a su gestión, porque, durante el proceso electoral es representación de nuestra unidad? ¿Estaría dispuesto el PRI a tratar a Felipe Calderón con la deferencia que merece un rey? ¿Aceptaría el PRD renunciar a cualquier crítica al presidente en tiempos de elecciones porque se trata del emblema de esa preciosa unidad que hay que cuidar? El presidente no representa la unidad en tiempos electorales. Representa exactamente lo contrario: parcialidad, división, polo de discordia.
Que no se tolere la entrega de un centavo de las arcas públicas para su partido no significa que no debe haber ni una palabra para su partido. ¿Beneficia o perjudica al PAN la promoción presidencial? La palabra del presidente no es la única del país, no es la última. Mientras hay muchos que se indignan con las recientes expresiones de Felipe Calderón en las que advierte que la contienda se ha cerrado, a mí me parecen reveladoras de su manera de gobernar: si hay 25 datos que te son desfavorables, escoge el único que refuerza tu prejuicio. Si todas las encuestas respetables te colocan en desventaja, difunde la que te empareja, aunque no tenga ningún prestigio.

La gestión de Calderón será el eje del voto: no podemos imaginarlo en silencio. Una democracia madura no calla a nadie. Corresponde criticar a Calderón, no callarlo.

sábado, 11 de febrero de 2012

Entre las encuestas y la operación política

De Javier Hurtado

La política, tanto como actividad que como disciplina científica,  sigue siendo incomprendida, profusamente practicada y con frecuencia confundida.  Ya desde principios del siglo pasado Max Weber establecía distinciones que los políticos de hoy han olvidado o hasta ignoran. Por ejemplo, la existente entre los políticos que viven “de la política” y los que viven “para la política”; o  la que debe existir entre política y administración; entre políticos y burócratas.

La política se distingue de la administración en el sentido de que la primera es pasión, vida, valores, convicciones; y la segunda el frío cálculo de medios y fines sin detenerse mucho a pensar en las consecuencias humanas de las decisiones. Por eso, debe procurarse que la política determine la administración y  que el burócrata esté supeditado al político, y no al revés.

En la actualidad, junto a lo anterior prevalece una nefasta confusión: la existente entre política y “grilla”. Diego Valadés distingue: “Operador es el grillo: político el conductor, y estadista el constructor”. Dice  —y dice bien— el problema de México es que sobran los primeros y los últimos brillan por su ausencia.  

Algo que contribuye a las confusiones es que en el idioma castellano política es un concepto único con múltiples acepciones. En cambio, en el inglés el concepto polity implica al Estado y a  la disciplina (estadista); policy son las políticas que se aplican (ámbito del político) y politics es el proceso (ámbito del “operador”, y la “grilla”).

La famosa “operación política” en el mejor de los casos debería ser un despliegue natural del desarrollo de la propia actividad política (politics), pero no su contenido sustantivo (policy o polity). La buena política debería ser la búsqueda de  consensos y  acuerdos en torno a un proyecto de construcción de bienes públicos, y no la burda conciliación de intereses personales (cuando funciona). Cuando los “operadores” predominan en la política es como si los burócratas dirigieran a los políticos.

En estas épocas de campañas y definición de candidaturas la política pereciera estar atrapada entre la “operación política” y las encuestas.

Cuando las candidaturas se definen con base en la “operación política”, y esta falla, resulta difícil no sucumbir a los chantajes y caprichos personales, o dejar de entrarle a la feria de los reintegros. Cuando se determinan con encuestas cuenta más la popularidad que las ideas y se abona a la desinstitucionalización de los partidos políticos.

Así, se ha confundido popularidad y liderazgo político.  Una cosa es ser conocido y otra ser reconocido. El reconocimiento público de una persona debe ser consecuencia del buen desempeño de un político; pero, la popularidad no puede ser un criterio para reclutar políticos o candidatos.

Una candidatura se puede ganar con encuestas, pero una campaña se puede perder cuando predomina la “encuestitis” y la “operación política”. En una campaña no sólo deben contar los “amarres políticos”, sino sobre todo los proyectos y las ideas (polity y policys), que a final de cuentas es lo que el electorado valora.

Las encuestas deberían estar prohibidas como método para definir candidaturas (hacerlo es como si los jueces se eligieran por elección popular), además de que en ocasiones fallan. En vez de encuestas,  lo que debería aplicarse  son evaluaciones  y exámenes para definir candidatos.

viernes, 27 de enero de 2012

SOCIEDAD DE LA HUMILLACIÓN


DEL BLOG DE JESÚS SILVA-HERZOG MARQUEZ

Podría pensarse que las imágenes que vimos no tienen ninguna relevancia social. Un hombre furioso pierde el control y descarga su ira contra otro. Agrede con las palabras más hirientes, insulta y golpea a una persona que no se atreve a defenderse. Sus compañeros, sintiéndose en condición de desventaja, contemplan la agresión sin hacer nada. Nadie confronta al pendenciero. Desde luego, en todas partes hay violentos que se encienden con cualquier desventura, por pequeña que sea. Si les sirven el café frío o demasiado caliente, le avientan la taza al que tienen en frente. En cualquier lugar puede aparecer el tipo que golpea a quien lo contradice o que insulta a quien lo mira. Es cierto: de un loco no podemos extraer lecciones de sociología. Pero, ¿no hay algo más que una patología personal en la breve cinta que se difundió recientemente? ¿Podría capturar algo más que una simple perturbación individual? ¿Dice algo de nosotros? Creo que sí.
Vivimos en una sociedad de la humillación. Humillación cotidiana, socialmente avalada, tan patente como invisible. El hombre acaudalado no ocupa entre nosotros simplemente una posición ventajosa para adquirir cosas, para darse lujos, para viajar, para disfrutar de su tiempo. El potentado se siente en una categoría superior que le asigna el derecho de tratar al otro como su vasallo, su esclavo, su trapo. La ventaja económica se convierte en un permiso para el atropello. El agresor capturado por la cámara está convencido de que los otros viven para servirle: existen para él y los suyos, no tienen más propósito que complacer sus caprichos. Cualquier reparo es la insubordinación inaceptable de un infrahumano. Lo más notable del video, lo más perturbador de la cinta que se conoció esta semana es la reacción de quienes contemplan el atropello. No hacen nada. No defienden al agredido, no contienen al agresor. Miran la escena y se alejan del rabioso. Con su respuesta parece que consienten de algún modo el atropello: lo padecen silenciosamente, resignados a una especie de régimen imbatible. Eso es lo que a mi juicio insinúa el video: se ha establecido entre nosotros un régimen de humillación que convierte en normal el atropello del rico, el insulto del acaudalado, el maltrato de quien tiene más. Uno ejerce el derecho a vejar, los otros tienen el deber de aguantar la descarga de odio, de desprecio.
El video del pudiente que arremete en contra de un hombre al que trata como basura, al que insulta con palabras y lastima con golpes es una cápsula de esa sociedad de la humillación en su expresión brutal, maniática. La sociedad de la humillación se expresa ahí, en la rabia de un hombre enloquecido. Pero la humillación no se afirma solamente en la locura de hombres como ése. La humillación es una experiencia cotidiana, la vivencia común, la normalidad de un país habituado a la impunidad ostentosa de una casta. La humillación es un hábito nacional. Tanto se ha enredado con nuestro paisaje que se confunde con la costumbre, con el lenguaje, con el humor. ¿No es nuestra televisión una gran maestra de humillación en sus expresiones de clase, de género, de raza? Los insultos que tanto indignan en boca del violento capturado por la cámara son las gracejadas cotidianas de nuestros comediantes en la televisión. Rutina es hablar del otro como objeto, hábito es tratarlo como animal.
El propósito central de la política, ha dicho el filósofo político Avishai Margalit, es combatir la humillación: fundar una sociedad decente donde las instituciones y las prácticas no humillen a nadie. Más que buscar la plenitud de la justicia, debemos esforzarnos en construir instituciones que traten dignamente a todos y regar una cultura que reconozca en cada individuo a un miembro de la misma familia. Una sociedad, pues, enérgicamente intolerante a cualquier gesto de humillación. Humillar a otro es arrebatarle con la palabra o la acción su condición de persona. Humillar a alguien es tratarlo como una cosa, como una máquina, como una bestia. Humilla la pobreza que estrangula y el paternalismo que nos trata como menores. Nos humillan los burócratas que nos ven como números y los fisgones que invaden nuestra intimidad. La utopía de la decencia es ganar, para todos, trato de humanidad.

Que pasen un excelente día

sábado, 14 de enero de 2012

El Nuevo PRI


Roger Bartra escribe sobre el regreso del PRI.  La alternancia ha provocado un cambio sustancial en ese partido, sostiene: convirtió la agencia gubernamental en un partido auténtico. El PRI se refugió en los estados donde gozó de un inmenso poder y siguió ejerciendo la arbitrariedad. El viejo partido aprovechó, sobre todo, que la atmósfera cultural no cambió. Se modificaron las reglas de la política y la dinámica de interacción entre poderes pero el aire fue el mismo.

Estamos ante una muy precaria y fragmentada cultura democrática. No se ha expandido impetuosamente una nueva civilidad que obligue a los partidos políticos a adoptar un comportamiento tolerante y responsable. No se ha desarrollado con suficiente vigor una cultura de la dignidad ni un orgullo democrático. En contraste, nos oprime todavía el enorme peso de la vieja cultura política autoritaria, que se halla profundamente inscrita en la sociedad mexicana. Es la rancia cultura priista que, aunque ha retrocedido en muchos ámbitos, se ha extendido fuera del partido que la alimenta y ha invadido al PAN, al PRD y a las élites políticas.


Bartra niega que el regreso del PRI pudiera significar la restauración completa del antiguo régimen pero se pregunta si su auge no refleja el síndrome de abstinencia de una sociedad que requiere una vieja droga para mantenerse tranquila.

Del blog de Jesús Silva-Herzon Márquez.